Puedo decirte el momento exacto en el que supe que algo había cambiado. Una avispa. Bueno, no una avispa, sino su picadura. La que hizo de mi dedo su diana cuando apoyé la mano en la barandilla de madera al llegar a aquella cala. Pobre, seguro que aquel bicho sintió cómo era capaz de aplastarlo y simplemente se defendió de la casualidad y su amenaza.

Curioso, lo más pequeño, despertando mi dolor y mi atención sobre mi marido y nuestro día a día.

Hay rupturas que llegan con un alboroto desmesurado. Uno de los dos se da cuenta que el otro, por los motivos que sean, ha  abandonado el lado del equilibrio en el corazón, y entonces llega la apuesta firme por la derrota. La entrada en tropel. Y el ruido. Siempre ese estruendo de lo que tiene billete de ida y  casi nunca de vuelta.

Existen ese tipo de rupturas. Lo nuestro fue casi un silencio. Creo que la muerte no habla mucho más alto. No la oí, pero la ví llegar.

Verás, Carmen, me picó aquella avispa y me quejé. Acudí a él. Se detuvo y me miró el dedo, vió que no estaba el aguijón, que no era nada y en un rato se me pasaría. Eso dijo. Poco más. Pero sus ojos no me miraron. Y no era el sol. Ni la prisa por llegar a la playa. Ni nuestro hijo que reclamaba dejar las toallas y correr a bañarse.

No.

Fue allí. En aquel aguijón y su veneno, en el que supe con toda la certeza de lo que era nuestro mundo, que algo estaba roto entre nosotros.


Termina de hablar y me mira. Parece ese momento en el que ella ahora espera a que le haga alguna pregunta.
Y he estado a punto de preguntarle algo. Pero me  he sorprendido a mí misma tratando de averiguar el qué.