Categoría: A carón dunha lareira (página 1 de 2)

Baño de bosque,
laguna centenaria.
Bajo las suelas está lo que heredo,
que no me pertenece.
Que
no
me
pertenece.
La rama se curva
porque baila en el aire.
Las hojas anuncian
revoluciones.
El último sueño es raíz,
diálogo,
sostén.
Y los caídos no lo son,
son espera,
canción bajo tierra,
comunidad.
.
.
.
Bosque,
palabra que heredo
y que no me pertenece.

Carmen Quinteiro, abril, 2019.

EN LA PLAYA

Luciendo su cuatro años
y una pequeña tabla. Ella dice que es de surf.

Luciendo sus cuatro años
y dispuesta a bailar sobre las olas,
no entiende de alturas,
de distancias
ni de miedos. Aún no.

Aún es pronto
para haberlo escuchado las veces suficientes.

Dispuesta a bailar sobre las olas
y a besarle toda la plenitud
a la palabra infancia.

 

 

Pentagrama para una felicidad en clave de Sol.

 

Vuelvo a llover.

Sucede y me miro la tristeza suave, que empapa lenta.

¿Por qué esta facilidad para ser nudo?

¿Qué voy a hacer conmigo?

Estamos en junio, quizá sea eso. Siempre existe quien lo justifica con el calendario.

Yo soy más de culparme a mí misma.

Quizá un café. Eso y dejar que la calidez de la taza al sostenerlo me acaricie las manos.

Me levanto y voy hacia la cocina.

Un ligero chapoteo interior me avisa de que el agua ya me alcanza las rodillas.

Me niego a mí misma y me pido tregua.

No puede ser tan difícil esto de no ahogarse.

A ver si logro, y de una vez por todas, acostumbrarme a la vida.

 

Neste día das Letras, recupero dun caixón un pequeno conto -rematado, ilustrado e esquecido- que leva anos ahí, ¿verdad Rafael J. Perdomo Vieitez?
O mellor temos que retomar a ilusión de velo publicado 😉

Unha pequena historia dunha princesa que non quere selo.

Un contiño que grazas a Susana Pedreira Buján , Lorena Paramo e Jueves de Cuento, dimoslle un paseo polas ondas o pasado xoves e en Ondacero.
Que cheguen outros.

Feliz día das Letras Galegas 2018 e as que estean por vir.

 

 

PRINCESIÑA ASTRONAUTA

Dúas trenzas ben longas
para esta princesa de conto,
que leva vestido de prata e unha coroa de ouro.
Dúas bágoas salgadas
que esvaran dos seus ollos,
porque non quere castelos,
nin príncipes nin tesouros.

«Eu quero ser astronauta
e dende o espacio
descubrilo todo;

visitar aos astros vellos
e logo ir xogar cos astros novos,
correr e brincar cos cometas
e saudar ao sol, que bota fogo.

E que non,
que non quero nin castelos,
nin príncipes nin tesouros.»

Pois se non queres nada diso,
mira esta nave princesa
que estou a escribir no teu conto,
é un cohete de fantasía
para viaxar polo cosmos;
vaite xa,
e non esquezas
facer moitas, moitas fotos,
e traerme un anaco de lúa
para tela de recordo.

Carmen Quinteiro.

 

Del tirón. Sin pulir, repasar o tachar: porque se trata de lo que significas para mí, y esa historia ya estaba y está dentro.

Que todos los días son motivo, pero también sé lo mucho que te gustan las sorpresas.

Va por ti, mami. Feliz día.

Podría decir sin duda
que admiro tu fuerza,
pero lo que realmente adoro es tu empeño en mantenerte a flote en las tormentas. Hora a hora. Minuto a minuto. Y que parezca fácil.

Admiro esa forma en que te deshaces de la soledad y sus suspiros, como quien sopla suave, para que no los veamos, para que no nos preocupemos. E insistes valiente: » Que estoy bien.»

Adoro tu espíritu de heroína, sin capa ni azul de cine: tan solo un par de pies para seguir avanzando y esa eterna sonrisa.

Adoro el dibujo que trazas en mi horizonte: ya no me quejo de curvas y esquinas. Ya admito consejos.

Adoro que seas el regazo que sigue estando siempre.

Adoro, en definitiva, poder quererte y adoro la nana que aún eres en mí.

No creo que sea la mejor opción abarcar una pena sin desempaquetarla.

A mí me funciona mucho mejor, sacarle el precinto,

abrirla,

comenzar a respirarla,

que ambas nos contemplemos

y que una de las dos comience al fin a desnudarse.

Enlaza, mi niño, tu trazo al mío.

Demuestra que el arte también es cosa de dos.

Puedo decirte el momento exacto en el que supe que algo había cambiado. Una avispa. Bueno, no una avispa, sino su picadura. La que hizo de mi dedo su diana cuando apoyé la mano en la barandilla de madera al llegar a aquella cala. Pobre, seguro que aquel bicho sintió cómo era capaz de aplastarlo y simplemente se defendió de la casualidad y su amenaza.

Curioso, lo más pequeño, despertando mi dolor y mi atención sobre mi marido y nuestro día a día.

Hay rupturas que llegan con un alboroto desmesurado. Uno de los dos se da cuenta que el otro, por los motivos que sean, ha  abandonado el lado del equilibrio en el corazón, y entonces llega la apuesta firme por la derrota. La entrada en tropel. Y el ruido. Siempre ese estruendo de lo que tiene billete de ida y  casi nunca de vuelta.

Existen ese tipo de rupturas. Lo nuestro fue casi un silencio. Creo que la muerte no habla mucho más alto. No la oí, pero la ví llegar.

Verás, Carmen, me picó aquella avispa y me quejé. Acudí a él. Se detuvo y me miró el dedo, vió que no estaba el aguijón, que no era nada y en un rato se me pasaría. Eso dijo. Poco más. Pero sus ojos no me miraron. Y no era el sol. Ni la prisa por llegar a la playa. Ni nuestro hijo que reclamaba dejar las toallas y correr a bañarse.

No.

Fue allí. En aquel aguijón y su veneno, en el que supe con toda la certeza de lo que era nuestro mundo, que algo estaba roto entre nosotros.


Termina de hablar y me mira. Parece ese momento en el que ella ahora espera a que le haga alguna pregunta.
Y he estado a punto de preguntarle algo. Pero me  he sorprendido a mí misma tratando de averiguar el qué.

Me cansé de ser lo innecesario, o al menos lo no urgente en mi lista de prioridades. Para los otros yo siempre estaba ahí; para mí misma, sacaba turno y un ya veremos.
Ahora te traigo los pedazos de lo que queda. Quiero que escribas toda esta historia. Creo que si se escribe, acabará siendo algo más ajeno. O no. Pero que quede por escrito porque así, al menos, nadie podrá decir que esto no ha existido. Ni yo misma, por mucho que trate de olvidarlo; ¿ verdad?

Me duele todo. Pero si algo útil tiene todo esto, es que  ahora sé exactamente el lugar que ocupa el alma aquí dentro. Sí, prueba a que algo te la rompa y verás que tiene unas dimensiones demasiado grandes, como un gran globo roto que tropieza a cada rato con los límites del cuerpo, y en lugar de deshincharse, vuelve a estallar con cada latido. Y sabes que mientras el corazón siga bombeando esa horrible condena está garantizada.
Alma y cuerpo, herida y sal.

Dime que escribirás mi historia, Carmen.

La miro. No sé qué responderle: me pide que escriba , que yo sé de esas cosas; que por algo he escrito ya dos libros. Que lo necesita. Que por favor.

Sé que lo necesita; quién no ha necesitado tocar fondo alguna vez. Y de una vez por todas.

Tiene las manos frías.Y ojeras. Ahora mismo eso es casi todo lo que queda de ella.

Escribiré tu historia, prometo.

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